Al aparato

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Mediateletipos
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En un texto de Michèle Martin la autora habla sobre el uso de las party lines en norteamérica a principios del siglo XX. Comienza con esta cita para exponer cómo la tecnología telefónica no estaba pensada en un principio para uso de las mujeres.

“In the 1890s, women in the wealthy classes were using a telephone system built and shaped by the economic incentives of the telephone industry and by political and ideological forces. Women’s activities were not seen as being of prime importance in the business world of the telephone entrepreneurs. Nor did these entrepreneurs see the utility of this new technology for working-class housewives, or for rural populations. As Marvin pointed out, telephone-company managers thought that “women’s use of men’s technology would come to no good end” (1988, 23). Capitalists considered the telephone only to be a means of facilitating business activity or to link the businessman to his office when he chose to stay at home” Michèle Martin The Culture of the Telephone (pp. 140-166)

Las party-lines se introdujeron en un principio por cuestiones económicas y de infraestructura. Si las grandes ciudades tenían mayor número de líneas privadas, las pequeñas tenían estos sistemas de comunicación para la comunidad donde todos podían participar y controlarse. Había una relación muy particular entre anonimato y espacio público, donde “oir sin ser visto”, como pretendieron, de manera utópica, algunos ideólogos de lo siglos XVII y XVIII europeos (El invento panóptico incluía también su versión pansónica en forma de tubos que permitían oír el interior de cada celda). El teléfono, como dispositivo de doble circulación de información auditiva, permite mover la voz y activar la escucha, siendo, durante mucho tiempo, un vínculo interesante que une el espacio doméstico con el espacio público.

Las party-lines llegaron al contexto español en 1992. En ese contexto español, la relación del cuerpo con el teléfono estaba marcada por otras circunstancias distintas a las descritas por Michèle Martin. Se mantiene la servidumbre, y la reclusión doméstica de las mujeres, pero debemos añadir esa otra circunstancia tan patria del maltrato. La violencia machista marca una relación directa entre el cuerpo que habla y la escucha. Esa mezcla entre intimidad y anonimato que se estudia en la party-lines, fue, y es, muchas veces la única salida que se ofrece a las mujeres que sufren maltrato en el espacio doméstico.

 

En cuanto a la servidumbre, es interesante hablar de la figura de la telefonista, persona automatizada para el buen funcionamiento de las líneas telefónicas. Para hablar sobre ello es muy interesante este vídeo en el que se describen las condiciones de disciplina militar de una trabajadora de la compañía de teléfonos.

Esta versión documental, tiene reflejos interesantes en la ficción. En norteamericana, por ejemplo lo más reciente han sido esas telefonistas de las primeras temporadas de Mad Men, tan cándidas y tan engañadizas. De la época que refleja esta serie, vale la pena recordar la película de Vicente Minelli Suena el teléfono, cuyo título en inglés (Bells are ringing) articula un juego de palabras entre la campana del timbre telefónico y las campanas de boda. Y es que la protagonista está enamorada de una voz, y para conquistar al hombre tras esa voz, en pleno delirio edípico, decide hablarle con “voz de madre”. La relación, así mediada por la máquina cibernética, resulta perfecta para ella.

De esa relación del espacio doméstico con el público a través de la línea telefónica hay buenos ejemplos en el arte sonoro de los años 70 realizado en el contexto español. Dos de ellos, muy interesantes, serán los de Lugán y Valcárcel Medina. Las cabinas de Lugan instaladas en Pamplona en 1972 funcionaban algunas veces como un Teatrophone, y otras como party-line, es decir, conectando unas cabinas con otras. La obra de Valcárcel, de 1973, explota el humor tan ausente muchas veces en el arte y en una serie de conversaciones llama para dar su teléfono a diestro y siniestro.

Y claro, los integristas, que no los integrados, se llevarán las manos a la cabeza si comparamos la obra de Valcárcel con un monólogo de Gila y la guerra, o con Encarna de Noche. Bueno, siendo sinceros, estas dos últimas se expresan en un gramaje mucho, mucho más grueso y menos sutil, pero ahí quedan, en una época similar y alrededor del dichoso aparato que, al menos entonces, se fabricaba en baquelita. Pero ya que estamos integrando, ¿cómo pasar por alto a Gracita Morales? una actriz que convirtió en clásico las escenas gritando a un teléfono.