(Madrid, 16/04/2020)
En el hemisferio en que vivo es primavera. Cuando me asomo a la ventana o vuelvo del supermercado, puedo escuchar a los pájaros. Vivo en un barrio de la zona sur de Madrid, en la ladera de una colina al borde del rio. Desde la parte alta de esta colina, donde está la ventana a la que me asomo, puedo oír a los pájaros a mucha distancia y con una fidelidad poco acostumbrada. Si me concentro lo suficiente, puedo percibir el eco del canto de los mirlos chocando entre las paredes de los edificios.
Antes de seguir, quizá te interese escuchar grabaciones en distintas ciudades del planeta de esta situación de calma. Una buena opción es radio aporee, que ha desarrollado una convocatoria para recibir grabaciones. Pueden escucharse aquí.
En mi barrio, en particular, se produce un hecho muy interesante. Desde hace años en Madrid hay cotorras; alguien las trajo desde Argentina o Uruguay como mascota y se han instalado el los árboles. Nunca me había gustado eso que se dice de que las cotorras son ruidosas, pero ahora, con la pandemia y con menos coches, creo estar seguro de que en realidad el reclamo de la cotorra no enmascaraba el canto de otros pájaros, eran los coches. En una tarde de marzo, con las altas temperaturas a las que nos tiene acostumbrado el calentamiento global, puedo escuchar varias especies de pájaros a la vez, en un atardecer de tropicalismo sudmediterráneo.
Desde el marco de mi ventana escucho la ciudad con la distancia privilegiada y la suerte de tener vistas a la calle. Pero es difícil asumir estéticamente lo que oímos estos días. Y desde esta distancia no puedo evitar que todo esto parezca bello, pero también melancólico, cómo recibir una disculpa demasiado tarde. Los bulos de internet nos quieren hacer pensar que lo que escucho es la naturaleza retomando su lugar con imágenes de delfines supuestamente vistos en Venecia y elefantes borrachos en la provincia china de Yunam. Da igual que esto sea falso, para mi lo importante es constatar la necesidad de las personas por reconciliarse con el mundo cuando ya no tienen ni idea de cómo hacerlo.
Pareciera que lo único que hacía falta para escuchar un entorno más saludable era sacar a todas las personas de la calle, apagar los coches, cortar las líneas aéreas. Es algo que la ecología sonora comentó hace más de cuarenta años. En 1977 el compositor y educador canadiense Murray Schafer lanzaba un concepto muy interesante para entender la calma que escuchamos o hemos escuchado estos días. Decía que un ambiente de alta fidelidad es sosegado y permite escuchar sonidos a distancia. Para él, sin embargo, este tipo de ambiente se encuentra en el espacio rural y en la antigüedad, dado que la ciudad ha marcado un cambio en nuestra percepción. Con el tiempo Schafer fue actualizando sus ideas, llegando a mostrar una oposición más clara y politizada contra la cultura competitiva y los intereses económicos del capitalismo .
Sin embargo, para la activista e investigadora ecuatoriana Mayra Estévez Trujillo la ecología sonora no ahondó lo suficiente en las relaciones de poder, dominio y control en las que está basado el crecimiento económico. Entre 2009 y 2015 Mayra Estévez investigó registros históricos recopilando citas y datos. Al ordenar ese material de archivo consiguió nombrar aquellos sonidos introducidos en las regiones colonizadas por los imperios ibéricos. En sus textos se traza una panorámica histórica que incluye a los perros y las campanas de los españoles y portugueses, la extracción de petróleo estadounidense, o la introducción de motocicletas Honda japonesas en ciudades como Iquitos en Perú. Para ella, todos estos sonidos dan forma a las distintas etapas del “régimen colonial de la sonoridad”.
Para comprender que es el “régimen colonial de la sonoridad” iniciado por los europeos según lo plantea Mayra Estevez, hay que entender que aquellos sistemas imperiales estaban basados en la idea de que los hombres y un dios único ligado al lenguaje, son centrales. Esta pauta filosófica se aplicó por igual a las culturas no occidentales y la así llamada naturaleza convirtiendo a ambas cosas en objetos . Es decir, el régimen colonial sentó las bases culturales para separar conceptualmente a las personas y la naturaleza en determinadas zonas, dando a una parte privilegiada de los hombres la potestad divina para explotar a otras personas y organismos del planeta.
Una descomposición progresiva del planeta, consecuencia del sistema de valores que he intentado sintetizar arriba, terminó afectando a Europa. Cómo en otros aspectos de la vida, la “herida colonial” ecológica se hizo compartida. Ante la crisis de valores que venía implicando este sistema de explotación sin límites, varios pensadores europeos han intentado reformular la ecología haciendo uso de una serie de términos verdaderamente versátiles. El sistema del arte ha asumido algunos de esos términos con asiduidad, así que no hace falta que los mencione aquí ahora .
Una de las propuestas teóricas y musicales para entender el sonido más allá de la clasificación persona-naturaleza fueron desarrolladas por el etnomusicólogo y compositor filipino José Maceda desde los años setenta del siglo pasado. Su ruptura con los “regímenes coloniales de la sonoridad” se produjo dando alternativas para los instrumentos musicales impuestos por las élites occidentales en las islas, como el violín o la guitarra. Se desplazó por el archipiélago filipino estudiando las tradiciones de distintos pueblos que aún en aquella época no habían sido completamente desplazados por la actividad colonial y económica. En estos estudios sistematizó los usos del bambú y el metal en la música, argumentando que las formas e instrumentos musicales tenían una relación material con aquel entorno de abundancia tropical. En este sentido el rol de las personas es el de acomodarse y no el de luchar contra la naturaleza.
Amoldarse y no luchar. Si no tuviéramos sentimientos, podríamos escuchar con cierto alivio esta calma, pero es difícil. Desde una perspectiva no antropocéntrica, el virus está haciendo más por la vida de lo que todas las personas han hecho a la largo de su corta historia. Y no es una manera de hablar: el virus en circunstancias fatales podría suponer la muerte del 4% de la especie humana, frente riesgo actual de extinción del 27% de todas las especies animales del planeta sin contar plantas y otros organismos. Evidentemente, tenemos sentimientos, y por eso llevo semanas analizándolos con todos los materiales que encuentro. Esta calma en las calles es una de ellos. Me pregunto si este sentimiento está sinceramente relacionado con la tragedia humanitaria, teniendo en cuenta que vivimos instaladas en ella. Esta catástrofe comparte causas con los desplazamientos de refugiados y migrantes humanos por todas partes del planeta y en ninguno de esos casos se ha declarado una emergencia que asaltase nuestra cotidianidad . Y es que nuestro duelo, nos dicen, no se debe solamente a la muerte de miles de personas, sino, más bien, a la anticipación del malestar de las situaciones por venir . Si algo hemos aprendido del sistema actual, es que su violencia se refuerza con las catástrofes. Pero sobre esto hablaré en la siguiente parte de este texto.
Sería, como poco, útil, asimilar esta incertidumbre y este dolor para sentir, de manera casi directa, las consecuencias de nuestra forma de vida en el resto de organismos, incluidos, claro está, las otras personas. Dejadme volver a las cotorras y dejadme que las compare con el COVID-19, sólo para entendernos en este texto. La gente en Madrid odia a las cotorras y las culpa de la desaparición de millones de aves autóctonas. Es común escuchar a alguien quejarse por el ruido que producen cuando anidan en grupos en los árboles. Pero la cotorra, o perico monje, es una más de las especies desplazadas por la actividad económica humana y no pidieron estar aquí. Seguramente los animales a los que se quiere culpar de esta pandemia tampoco deseaban ser cocinados.
Para canalizar el rechazo a las cotorras, aplicamos otras formas de miedo más comunes en la cultura humana como son el racismo y la xenofobia. Siendo así no debería sorprendernos que esta manera de pensar en las cotorras no solucione el problema en absoluto. Una vez convertidas en el objetivo de nuestra animadversión, se las ha acusado de la desaparición de las especies autóctonas, pero si atendemos a las razones de esta extinción, veremos que el desplazamiento de las cotorras es una más de las razones entre las que se encuentran la contaminación atmosférica, las talas masivas, el cierre de alcorques y la forma de las viviendas actuales que hace difícil anidar a los pájaros .
No quiero que se me acuse de defender al virus, pero es que eso no tiene la culpa. Y así intento pensarlo mientras veo cómo se desarrollan los acontecimientos que acompañan a esta pandemia. Quizá resulte sencillo encontrar lo que sea que tenemos en común con las especies a las que estamos desplazando y eliminando para comprender el duelo.
Desde el marco de mi ventana escucho la ciudad con la distancia privilegiada y la suerte de tener vistas a la calle. Pero es difícil asumir estéticamente lo que oímos estos días. Y desde esta distancia no puedo evitar que todo esto parezca bello, pero también melancólico, cómo recibir una disculpa demasiado tarde. Los bulos de internet nos quieren hacer pensar que lo que escucho es la naturaleza retomando su lugar con imágenes de delfines supuestamente vistos en Venecia y elefantes borrachos en la provincia china de Yunam. Da igual que esto sea falso, para mi lo importante es constatar la necesidad de las personas por reconciliarse con el mundo cuando ya no tienen ni idea de cómo hacerlo.
Pareciera que lo único que hacía falta para escuchar un entorno más saludable era sacar a todas las personas de la calle, apagar los coches, cortar las líneas aéreas. Es algo que la ecología sonora comentó hace más de cuarenta años. En 1977 el compositor y educador canadiense Murray Schafer lanzaba un concepto muy interesante para entender la calma que escuchamos o hemos escuchado estos días. Decía que un ambiente de alta fidelidad es sosegado y permite escuchar sonidos a distancia. Para él, sin embargo, este tipo de ambiente se encuentra en el espacio rural y en la antigüedad, dado que la ciudad ha marcado un cambio en nuestra percepción.[2] Con el tiempo Schafer fue actualizando sus ideas, llegando a mostrar una oposición más clara y politizada contra la cultura competitiva y los intereses económicos del capitalismo[3].
Sin embargo, para la activista e investigadora ecuatoriana Mayra Estévez Trujillo la ecología sonora no ahondó lo suficiente en las relaciones de poder, dominio y control en las que está basado el crecimiento económico.[4] Entre 2009 y 2015 Mayra Estévez investigó registros históricos recopilando citas y datos. Al ordenar ese material de archivo consiguió nombrar aquellos sonidos introducidos en las regiones colonizadas por los imperios ibéricos. En sus textos se traza una panorámica histórica que incluye a los perros y las campanas de los españoles y portugueses, la extracción de petróleo estadounidense, o la introducción de motocicletas Honda japonesas en ciudades como Iquitos en Perú. Para ella, todos estos sonidos dan forma a las distintas etapas del “régimen colonial de la sonoridad”.
Para comprender que es el “régimen colonial de la sonoridad” iniciado por los europeos según lo plantea Mayra Estevez, hay que entender que aquellos sistemas imperiales estaban basados en la idea de que los hombres y un dios único ligado al lenguaje, son centrales. Esta pauta filosófica se aplicó por igual a las culturas no occidentales y la así llamada naturaleza convirtiendo a ambas cosas en objetos[5]. Es decir, el régimen colonial sentó las bases culturales para separar conceptualmente a las personas y la naturaleza en determinadas zonas, dando a una parte privilegiada de los hombres la potestad divina para explotar a otras personas y organismos del planeta.
Una descomposición progresiva del planeta, consecuencia del sistema de valores que he intentado sintetizar arriba, terminó afectando a Europa. Cómo en otros aspectos de la vida, la “herida colonial”[6] ecológica se hizo compartida. Ante la crisis de valores que venía implicando este sistema de explotación sin límites, varios pensadores europeos han intentado reformular la ecología haciendo uso de una serie de términos verdaderamente versátiles. El sistema del arte ha asumido algunos de esos términos con asiduidad, así que no hace falta que los mencione aquí ahora[7].
Una de las propuestas teóricas y musicales para entender el sonido más allá de la clasificación persona-naturaleza fueron desarrolladas por el etnomusicólogo y compositor filipino José Maceda desde los años setenta del siglo pasado. Su ruptura con los “regímenes coloniales de la sonoridad” se produjo dando alternativas para los instrumentos musicales impuestos por las élites occidentales en las islas, como el violín o la guitarra. Se desplazó por el archipiélago filipino estudiando las tradiciones de distintos pueblos que aún en aquella época no habían sido completamente desplazados por la actividad colonial y económica. En estos estudios sistematizó los usos del bambú y el metal en la música, argumentando que las formas e instrumentos musicales tenían una relación material con aquel entorno de abundancia tropical.[8] En este sentido el rol de las personas es el de acomodarse y no el de luchar contra la naturaleza.[9]
Amoldarse y no luchar. Si no tuviéramos sentimientos, podríamos escuchar con cierto alivio esta calma, pero es difícil. Desde una perspectiva no antropocéntrica, el virus está haciendo más por la vida de lo que todas las personas han hecho a la largo de su corta historia. Y no es una manera de hablar: el virus en circunstancias fatales podría suponer la muerte del 4% de la especie humana, frente riesgo actual de extinción del 27% de todas las especies animales del planeta sin contar plantas y otros organismos[10]. Evidentemente, tenemos sentimientos, y por eso llevo semanas analizándolos con todos los materiales que encuentro. Esta calma en las calles es una de ellos. Me pregunto si este sentimiento está sinceramente relacionado con la tragedia humanitaria, teniendo en cuenta que vivimos instaladas en ella. Esta catástrofe comparte causas con los desplazamientos de refugiados y migrantes humanos por todas partes del planeta y en ninguno de esos casos se ha declarado una emergencia que asaltase nuestra cotidianidad[11]. Y es que nuestro duelo, nos dicen, no se debe solamente a la muerte de miles de personas, sino, más bien, a la anticipación del malestar de las situaciones por venir[12]. Si algo hemos aprendido del sistema actual, es que su violencia se refuerza con las catástrofes. Pero sobre esto hablaré en la siguiente parte de este texto.
Sería, como poco, útil, asimilar esta incertidumbre y este dolor para sentir, de manera casi directa, las consecuencias de nuestra forma de vida en el resto de organismos, incluidos, claro está, las otras personas. Dejadme volver a las cotorras y dejadme que las compare con el COVID-19, sólo para entendernos en este texto. La gente en Madrid odia a las cotorras y las culpa de la desaparición de millones de aves autóctonas. Es común escuchar a alguien quejarse por el ruido que producen cuando anidan en grupos en los árboles. Pero la cotorra, o perico monje, es una más de las especies desplazadas por la actividad económica humana y no pidieron estar aquí. Seguramente los animales a los que se quiere culpar de esta pandemia tampoco deseaban ser cocinados[13].
Para canalizar el rechazo a las cotorras, aplicamos otras formas de miedo más comunes en la cultura humana como son el racismo y la xenofobia. Siendo así no debería sorprendernos que esta manera de pensar en las cotorras no solucione el problema en absoluto. Una vez convertidas en el objetivo de nuestra animadversión, se las ha acusado de la desaparición de las especies autóctonas, pero si atendemos a las razones de esta extinción, veremos que el desplazamiento de las cotorras es una más de las razones entre las que se encuentran la contaminación atmosférica, las talas masivas, el cierre de alcorques y la forma de las viviendas actuales que hace difícil anidar a los pájaros[14].
No quiero que se me acuse de defender al virus, pero es que eso no tiene la culpa. Y así intento pensarlo mientras veo cómo se desarrollan los acontecimientos que acompañan a esta pandemia. Quizá resulte sencillo encontrar lo que sea que tenemos en común con las especies a las que estamos desplazando y eliminando para comprender el duelo.
[1] VVAA. radio aporee: How is the current covid-19 pandemic changing the soundscape around us? 2020 https://aporee.org/maps/work/projects.php?project=corona
[2] “El sosegado ambiente del paisaje sonoro de alta fidelidad permite a quien lo escucha oír a mayor distancia, de la misma manera que el campo ofrece un campo de visión de largo alcance. La ciudad reduce esta habilidad para escuchar (y ver) a distancia, marcando uno de los cambios más importantes en la historia de la percepción.” “Normalmente, el campo tiene una más alta fidelidad que la ciudad; la noche, más que el día; y los tiempos de la Antigüedad, más que los modernos”. Schafer, R. Murray. El paisaje sonoro y la afinación del mundo. Intermedio Editores, 2013. Traducción de Vanesa G. Cazorla. Publicado originalmente en de la edición original de 1977.
[3] “La cultura competitiva del capitalismo, los centros de poder siempre estarán dispuestos a utilizar el sonido de manera agresiva en bien de sus intereses comerciales. Cuando se imponen los intereses económicos, las consecuencias para el ambiente sonoro pueden ser menos evidentes […] Observando el tiempo suficiente, es posible comprobar que la mayoría de los sonidos están sometidos a alguna forma de derecho de propiedad y que el uso del sonido para influir en las masas nunca había estado tan extendido como hoy en día.” Murray Schafer . “Soundscape y Ecología Acústica” en José Manuel Costa Ed. ARTe SONoro, La casa Encendida. 2010. Artículo originalmente en Klangkunst (Prestel) con motivo de primero Sonambiente en Berlin, 1996
[4] Mayra Estévez Trujillo. Suena el capitalismo en el corazón de la selva. Nómadas (Col), núm. 45, octubre, 2016, pp. 13-25 Universidad Central Bogotá, Colombia http://nomadas.ucentral.edu.co/index.php/inicio/2296-apuestas-por-una-etica-de-la-existencia-nomadas-46/1-pensar-la-vida/880-suena-el-capitalismo-en-el-corazon-de-la-selva
[5] Mayra Patricia Estévez Trujillo. Estudios sonoros en y desde Latinoamérica: del régimen colonial de la sonoridad a las sonoridades de la sanación. Universidad Andina Simón Bolívar Sede Ecuador, Área de Estudios Sociales y Globales. Doctorado en Estudios Culturales Latinoamericanos. Quito, 2016
[6] “Entonces, ¿qué pasaría si pensáramos la experiencia del mundo como un tejido rizomático de fantasmagorías que brotan de la herida colonial?, ¿cuáles son nuestros fantasmas?, ¿cuáles son nuestros muertos compartidos? Pensemos la posibilidad de que no es un círculo, no es una espiral tampoco, y aquí traigo la provocación: “Las venas abiertas” no son solo las de América Latina” Susan Campos Fonseca. Experimentalismo(s) y microcolonialidad de la escucha. Museo Reina Sofía. 2019 https://www.museoreinasofia.es/multimedia/experimentalismos-microcolonialidad-escucha
[7] “Tomar la naturaleza como un fin no ha hecho más que debilitar la posición de los ecologistas, que nunca han sido capaces de hacer política; en fin, auténtica política en el sentido de la tradición socialista, en la que se hubieran debido inspirar. No han hecho el trabajo que el socialismo primero, el marxismo después y luego la socialdemocracia hicieron. No ha habido, para nada, un trabajo de invención intelectual, de exploración; han preferido ‘el escaparate’.” Miguel Mora (Entrevistra a Bruno Latour). No estaba escrito que la ecología fuera un partido. El país. 25 MAR 2013 https://elpais.com/elpais/2013/03/25/eps/1364208764_064054.html
“El pensamiento ecológico es un virus que infecta las demás zonas de la mente (pero la ideología ambiental rehúye los virus y la virulencia). […] El pensamiento, incluido el pensamiento ecológico, ha estructurado la ‘Naturaleza’ como un ente cosificado en la distancia, bajo la acera, en el lado en que la hierba siempre es más verde, a ser posible en las montañas, lejos de la civilización. Una de las cosas que la sociedad moderna ha dañado, además de los ecosistemas, las especies y el clima, es el pensamiento. A la manera de un dique, la Naturaleza contuvo el pensamiento durante algún tiempo, pero, en la actual situación histórica, el pensamiento está a punto de desbordarse” Timothy Morton. De Wall·E a Blade Runner: una reflexión sobre la crisis ecológica. El periódico. 24/09/2018 https://www.elperiodico.com/es/ciencia/20180924/avance-editorial-pensamiento-ecologico-morton-7051539
[8] «The diversity in number and use of these instruments is only a very small part of a dense flora, fauna and rich environment from where the instruments were made. […] Drone is a center of time which controls melody and the space around which melody moves. It is a pillar which supports music itself, like a law of nature, an equilibrium between man and nature. Drone expresses notions of infinity with an inner life made alive by simple beats and timbres, colors of indefinite pitches of low-sounding bossed gongs and diffused, scattered sounds of flat gongs, bamboo and wooden percussion». José Maceda. “A Concept of Time in a Music of Southeast Asia”, en Ethnomusicology, Vol. 30, No. 1 (Winter, 1986), pp. 11-53. University of Illinois Press on behalf of Society for Ethnomusicology
[9] “Perhaps, a fundamental source of musical thought in Southeas Asia may be found in nature itself – in its abundance an in its density. An man’s role in that tropical wealth is to accommodate with nature and not to fight it, a lesson wortwhile remembering in today’s flagrant waste of material products of the environment.” José Maceda. «Sources of Musical Thought in Southeast Asia,» in Final Report of the Third Asian Composer’s League Conference. Festival held in Manila, October, 1976 (pp. 63-66). Manila: National Music Council. (translated into Filipino and published in Musika Jornal 1, 1977).
[10] Según la unión internacional para la conservación de la naturaleza, 31,000 especies, el 27% de todas las del planeta, están rumbo a la extinción https://www.iucn.org/resources/conservation-tools/iucn-red-list-threatened-species Según la taxonomía de la agencia europea del medio ambiente, más del 50% de todas las especies de moluscos, mamíferos marinos, peces, abejas y escarabajos se enfrentan a la extinción https://www.eea.europa.eu/data-and-maps/daviz/top10-species-group-facing-extinction-risk#tab-chart_2
[11] Donna Haraway. Anthropocene, Capitalocene, Plantationocene, Chthulucene: Making Kin. In Environmental Humanities, vol. 6, 2015, pp. 159-165 University of California, Santa Cruz, USA https://environmentalhumanities.org/arch/vol6/6.7.pdf
[12] “Yes, and we’re feeling a number of different griefs. We feel the world has changed, and it has. We know this is temporary, but it doesn’t feel that way, and we realize things will be different. Just as going to the airport is forever different from how it was before 9/11, things will change and this is the point at which they changed. The loss of normalcy; the fear of economic toll; the loss of connection. This is hitting us and we’re grieving. Collectively. We are not used to this kind of collective grief in the air.” Scott Berinato. That Discomfort You’re Feeling Is Grief. Harvard Business- 23/03/2020 https://hbr.org/2020/03/that-discomfort-youre-feeling-is-grief
[13] Es recomendable leer algunos de los datos portados en este articulo. En 2004 «estudio concluyó que la llamada «revolución ganadera», es decir, la imposición del modelo industrial de la ganadería intensiva ligado a las macrogranjas, estaba generando un incremento global de las infecciones resistentes a los antibióticos, así como arruinando a los pequeños granjeros locales y promoviendo el crecimiento de las enfermedades transmitidas a través de los alimentos de origen animal.»
Ángel Luis Lara. Causalidad de la pandemia, cualidad de la catástrofe. El diario. 29/03/2020
https://www.eldiario.es/interferencias/Causalidad-pandemia-cualidad-catastrofe_6_1010758925.html
[14] Por qué las grandes ciudades ya no tienen gorriones. Nueva Tribuna. 06/10/2019 https://www.nuevatribuna.es/articulo/sostenibilidad/grandes-ciudades-tienen-gorriones/20191006122711166875.html